Imaginémonos la escena. Es a primera hora de la tarde, digamos que un miércoles. El trabajo está llegando a su fin. El colegio ya ha terminado por hoy. Todo el mundo está tranquilamente ocupado, quizá leyendo un libro, preparándose un tentempié, empezando a hacer la cena o jugando al Minecraft. Parece que nadie te necesita, así que este es el momento que llevabas esperando: es hora de desplegar tu esterilla de yoga y hacer una sesión rápida.
Hay algo en el hecho de desplegar tu esterilla que actúa como un faro. ¿Acaso el ligero susurro del aire al tocar el suelo resuena por toda la casa? ¿El sutil golpe de la goma contra la madera reverbera de una habitación a otra, avisando a todo el mundo de que, en algún lugar cercano, está a punto de empezar una sesión de yoga?
Sea lo que sea, de repente, todo el mundo quiere saber qué estás haciendo.

Como polillas atraídas por la luz, se acercan a la esterilla. Se reúnen a tu alrededor, quizá intentando llamar tu atención, quizá solo con ganas de estar cerca de donde ocurre la magia.
Puede que tengan algún consejo para ti sobre cómo mejorar tu Ardha Chandrasana o que te pidan que les dejes probar para mostrarte su postura sobre la cabeza, su postura del cuervo o su flexión hacia delante.
Si esto te suena familiar, es que lo estás haciendo bien. El yoga les ha llamado la atención: es interesante, parece divertido y, vaya si se nota que estás de mejor humor después. Entonces, ¿qué haces ahora?
Todos los que te rodean ya se están beneficiando de tu práctica de yoga. El tiempo que pasas sobre la esterilla te convierte en una mejor pareja, padre o madre, hijo o hija y compañero de trabajo. Un hogar en el que las esterillas de yoga forman parte del mobiliario dará lugar a una familia que conoce esta práctica y ha experimentado sus beneficios de primera mano.
Te han visto una y otra vez sobre la esterilla, esforzándote. Cuando estén listos para unirse a ti, te lo harán saber.

Yoga con los peques
Los padres yoguis con niños pequeños ya conocen el tema. En cuanto te subes a la esterilla, quieren participar en la acción. Cuando tus hijos son pequeños, solo quieren estar cerca de ti. Ponles en su propia esterilla, dales unos cuantos accesorios de yoga con los que jugar, y puede que se queden ahí el tiempo suficiente para que puedas hacer una o dos posturas del perro boca abajo.
Los niños más mayores quizá estén preparados para algo más estructurado o para imitar lo que haces. Si les interesa, puedes guiarlos a través de algunas posturas adaptadas a los niños. Recuerda que el objetivo no es convertir a tus hijos en yoguis increíbles, sino acercarlos a la práctica que tanto te gusta para que sepan que es algo que puede ayudarles a lo largo de sus vidas.
Si tienes adolescentes, puedes ofrecerte a llevarlos a clases o practicar con ellos en casa, pero no les insistas demasiado con el yoga (¡aunque sepas que les vendría muy bien!) porque podrían ponerse en tu contra. Aunque hayan crecido con el yoga en casa, tienen que llegar a ello por sí mismos.
El yoga con los adultos
Puede que te haga mucha ilusión que tu pareja o tus padres mayores se inicien en el yoga, pero recuerda que, al igual que los adolescentes, cada uno seguirá su propio camino. Piensa en tus propios comienzos como principiante. Comparte con ellos lo que te hubiera gustado que alguien te hubiera dicho y tus momentos de revelación, pero no les regañes por cada detalle de alineación.
Busca una clase a la que podáis asistir juntos y que se adapte a su nivel, para que la información les llegue de una tercera persona de confianza y tú solo estés ahí para apoyarles y responder a sus preguntas.
La mejor forma de que tu familia se inicie en el yoga es ponerlo a su alcance según sus propios términos. No puedes recorrer el camino por ellos, ¡pero sí puedes abrirles la puerta y enseñarles las preciosas vistas!
