En uno de los estudios de yoga donde doy clase, hay una representación especial de Buda meditando sentado, con un llamativo naga de siete cabezas (que en sánscrito significa «serpiente») formando un dosel sobre su cabeza. Las serpientes con capucha que hay encima de Buda representan la protección que te da el dharma frente a las tormentas metafóricas de la vida.
Practicar yoga implica estar en armonía con tu propio dharma. Es decir, vivir la vida al servicio de tu propósito. Por supuesto, esto requiere saber de antemano cuál es tu propósito. Y, antes incluso de eso, estar en una búsqueda para descubrirlo en primer lugar.
Muchos le deben al yoga el haberles puesto en este camino tan significativo. Pero para mí, fue una consecuencia de tanto dolor que culminó en una experiencia cercana a la muerte. El único recurso que me quedaba era el estrecho camino de la sobriedad.
Tocando fondo
En 2015, tras una sobredosis que me llevó a una evacuación médica y a pasar un tiempo en la cárcel, mi familia me mandó a rehabilitación para suavizar la sentencia. Allí, durante la terapia de grupo, uno de los terapeutas señaló que tenía tendencia a gesticular en exceso al hablar, como si intentara dirigir la percepción de los demás en lugar de simplemente dejar que me vieran tal y como soy. En aquel momento, nada de eso tenía sentido para mí; simplemente me resultaba incomprensible. Sin embargo, la obstinación, la terquedad y el ego habían llevadome a tocar fondo. La salud, las finanzas, las relaciones, los problemas con la ley… todos los aspectos de mi vida se habían enredado en nudos imposibles de desenredar. Estaba claro que no sabía qué hacer, así que tuve que escuchar a los demás.
El comportamiento paradójico que me sugirieron para recuperarme de esa desviación concreta consistía en sentarme sobre las palmas de las manos cada vez que hablaba. Entonces no me di cuenta, pero dejar de intentar controlar lo que la gente pensaba sentándome sobre las palmas se convirtió en un acto de autocontrol en un momento en el que el yo —con «y» minúscula— era una niebla difusa, devastado por los efectos físicos, emocionales y mentales de años de adicción.
Como no se puede confiar en las percepciones cuando la mente está tan enferma, aprendí a conectar con los sentimientos en su lugar: a calmar la energía maníaca de la cabeza llevando la atención al corazón. Y al hacerlo, permití que el Ser —con «S» mayúscula— se hiciera oír por fin en la claridad del silencio y la quietud. Sin darme cuenta, sentarme sobre las palmas de las manos me llevó al viaje hacia el Ser.

Encontrar suavidad y amplitud
Quizá esto también ocurra gracias al gesto constante de inclinar la cabeza hacia el corazón cuando decimos «Namaste» al empezar la práctica: la autoridad del ego se desvía hacia la sabiduría más profunda que reside en nuestro interior.
Y como yoguis, nuestra práctica nos ayuda a comprender que la verdadera fuerza reside en la capacidad de suavizarnos, ser compasivos y tener empatía. En permitirnos la gracia de temblar, tambalearnos, ser frágiles y romper. En dar la bienvenida a la muerte de nuestros antiguos yos para dejar espacio a la aparición de algo nuevo.
Y en el respiro final que te ofrece Savasana —la postura del cadáver—, no solo morimos a nosotros mismos, sino que también aceptamos irrevocablemente la mortalidad. Dejamos ir las partes no deseadas e innecesarias para poder vivir plenamente y en vibrante alineación con tu dharma.
Este Año Nuevo Lunar empieza un nuevo ciclo. No hay mejor momento que ahora para reflexionar sobre tu desarrollo personal. Aquí tienes algunas ideas que te ayudarán a alinearte con las energías transformadoras de la renovación y el renacimiento inspiradas en el Año de la Serpiente.
Deshazte de los viejos patrones
Puede que al principio me sintiera atado al sentarme sobre las palmas de las manos. Pero eso me permitió liberarme de ese yo inseguro que intentaba manipular la percepción de los demás.
¿Qué viejos patrones y creencias limitantes me están frenando? ¿Son autoimpuestos? ¿Cómo puedo identificar y cuestionar mis creencias limitantes sobre el éxito? ¿Qué retos he afrontado en el pasado y cómo los superé? ¿De qué logros me siento más orgulloso?
Anota tus pensamientos en un diario, refuta a tu saboteador interior y esboza nuevos comportamientos eficaces para sustituir a los antiguos.

Identifica tus puntos fuertes
Es fácil caer en la trampa de las comparaciones, sobre todo en un mundo conectado a través de las redes sociales. Por mucho que oigamos que «el yoga es una práctica individual», la mera realidad de practicar en un estudio compartido o los hashtags comunes te animan a mirar a tu alrededor. Cuando sientas ese impulso, detente en ese mismo instante. Reconoce que te ha afectado e identifica qué lo ha provocado.
Aquí tienes un par de comportamientos nuevos y eficaces que puedes adoptar en su lugar:
Evalúa tus habilidades. Piensa en lo que te gusta hacer, en lo que se te da bien y en aquello para lo que los demás suelen pedirte ayuda. Tus talentos naturales suelen apuntar hacia tu dharma.
Pide opiniones a los demás. Esto es útil, sobre todo si tiendes a darle demasiadas vueltas a las cosas. Pregunta a tus amigos, familiares o mentores cuáles creen que son tus puntos fuertes. A veces, hace falta una perspectiva externa para descubrir cosas que quizá pasemos por alto.
Prueba cosas nuevas. Déjate llevar por tu curiosidad. Dedícate a intereses que te intrigan o te dan miedo, aunque parezcan no tener nada que ver con tu camino actual. Busca comunidades, aficiones u oportunidades de voluntariado. Presta atención a lo que eleva tu vibración, a lo que te resuena.
Confía más en tu intuición. Como yoguis, una de las recompensas de la práctica es una mayor sensibilidad vibratoria con el tiempo. Se podría decir que, como la de una serpiente. Presta atención a tus instintos y sentimientos. Luego, empieza a actuar de forma constante, por pequeña que sea la acción, para alinearte con tus intuiciones sobre tu dharma. No te preocupes si aún no se ha revelado del todo; confía en el proceso y deja que se desarrolle de forma natural.
Practica la atención plena
Nada más despertarme, hago una meditación de gratitud: por otro día de vida, por esta misma respiración, por una cama calentita, un techo bajo el que dormir, la comida y el café que me esperan, un trabajo, el amor de mis seres queridos, la capacidad de moverme, etc. Después, establezco mis intenciones para el día.
Al hacer estas dos cosas, empiezo cada día desde un lugar de abundancia, al tiempo que me tomo el espacio, la claridad y la energía necesarios para lo que quiero hacer antes de que los demás empiecen a llenar mi día con sus necesidades.
Intenciones alineadas con los pensamientos, pensamientos alineados con las palabras y palabras alineadas con las acciones: para mí, esa es la esencia de la alineación. Es exactamente el tipo de práctica que podemos cultivar sobre la esterilla para guiar cómo vivimos fuera de ella. Ojalá esto nos dé un sentido de propósito y dirección, y sirva como un ancla protectora sin importar los retos que la vida nos depare.
¡Gong Xi Fa Cai! ¡Kung Hei Fat Choy!
